Teatro
El nuevo Teatro de Zafra persigue una suave conexión con el centro peatonal (evocando su concatenación de lugares a través de estrechos portales), enlazando con nuevas áreas y ampliando finalmente la vista hacia el horizonte. La irregularidad de la parcela invita a ocupar el solar disolviendo el programa funcional para crear una nueva 'envolvente' con una escala próxima a la de los edificios existentes, absorbiendo la geometría desordenada y proporcionando recorridos libres con pendientes suaves que permiten una accesibilidad total para los visitantes y restringida a los vehículos. La carga y descarga de mercancías se realiza a través de la gran puerta trasera, de forma que el escenario (además de ofrecer una posición que favorece la carga y descarga directa) articula interior y exterior, lo que permite aprovechar el equipo de iluminación para realizar espectáculos informales hacia la plaza.
Aceras de adoquines portugueses y jardines en terrazas delimitan el perímetro de la parcela, formada por antiguos edificios en dos de los cuales se consolidaron elementos vernáculos (bóvedas de mampostería y muros de pizarra) con el fin de preservarlos para una futura ampliación de las actividades culturales. Una continuidad similar se da entre el pavimento del escenario y el linóleo negro de la platea, donde los fieltros naturales (que remiten a las ovejas que pastaban en la parcela antes de iniciarse la construcción) revisten las paredes interiores. Las planchas de corcho (en acabado natural, mate y brillante) que revisten la sala de ensayos abundan en esta traslación del material del paisaje local.
Más allá del mero afecto contemplativo, el edificio desafía el papel tradicional de los espectadores como ingredientes pasivos, invitándoles a lograr cierta complicidad tanto con los visitantes como con los transeúntes, de modo que puedan implicarse no sólo cuando tiene lugar una representación.
Varios «dispositivos arquitectónicos» ayudan en esta tarea. Por ejemplo, el escenario puede abrirse literalmente a la ciudad y a sus ciudadanos, mientras que los asientos de la orquesta son píxeles de colores que, vistos desde el escenario cuando está vacío, componen la anamorfosis de un ojo que siempre mira (y que, en ausencia de espectadores, durante los ensayos o las asambleas emprende la tarea de «escrutar»), rodeado por las paredes acabadas en fieltro natural del espacio principal. Las antenas parabólicas recicladas convertidas en lámparas, mirillas o espejos con máscaras contribuyen a crear una atmósfera lúdica pero intrigante.